Te fuiste hace años, pero nunca te marchaste realmente de aquí. Aún te percibo por las mañanas, en mi primer pensamiento, en el amanecer fugaz, en la primera taza de café.
Lo peor son las crisis de medianoche. Una vez que los taciturnos vientos cesan, llega como una neblina, el recuerdo. Aparece y penetra en todo rincón, aunque invisible, imparable e inevitable, colocando su presencia en toda la casa y en los recobecos de mi pensamiento. No cede, no quiere ceder. ¿Porqué? ¿Por qué si ya hace tanto tiempo de ésto, no se marcha tu fantasma? Quiero que se vaya, de verdad, pero no sé cómo.
No sé la manera de dejar ir una memoria que no me pertenece, un corazón que ya no me acontece, un pensamiento que ya no es en mí.
No sé qué día dejaré de vivir en un pasado que ya no acontece, en la prisión que habito libremente, porque no sé arrancar ésta raíz.
Juro que te quiero dejar ir, de verdad lo quiero, lo deseo. Pero no he encontrado fórmula. ¿Qué hiciste, o qué hice para anclar tu escencia? ¿Dónde está esa cadena que con gusto he de romper, para vivir mi vida en paz, y dejar descansar tu memoria?
Tantos pensamientos, tantas copas de vino con versos lanzados a la luna desnuda, testiga de cada gota de agua salada que ha derramado el mendigo poeta de tu corazón. Ya no puede hacer nada, no sabe por dónde comenzar algo que no ha terminado aún, el evento que creó la ilusión de partida pero nunca culminó. Cuánta deshonra y desesperación se siente en el ambiente. Cuánta indecisión. Hay respuestas más que marcadas, respuestas que desearía, incluso haría lo que fuera, por que fuesen diferentes. La más importante: ¿Por qué sigues aquí?
Que ganas de que las lágrimas fuesen de mercurio, y así como llegan, se marcharan sin penetrar en nada ni nadie: ni en la piel que habito, ni en las memorias que creo, ni en el pasado que recuerdo. Que se marchen como llegaron: solas, hacia lugares donde no pueda verlas de nuevo, porque las que han sido derramadas en nombre de éste amor/obsesión, están inundando las pocas cámaras de aire que existen todavía. Cada gota a lo largo de tantos días ha terminado por acabar los rincones, los libros, las fotografías y los muebles. Y no cesa, la lluvia no cede. Parece fuente infinita de mar. ¿Cuando cesará ésta tormenta? ¿Por qué no cesas? ¿Por qué no te vas? ¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué no te marchas? ¿Por qué me persigues? ¿Por qué no me dejas? ¿Por qué no te olvido? ¿Por qué no cicatrizo? ¿Por qué sigues tan fresco? ¿Por qué no te dejo ir? ¿Por qué sigues apareciendo? ¿Por qué sigo en éste camino? ¿Por qué no llega la ausencia de ti? ¿Por qué me aferro? ¿Por qué vivo en el pasado? ¿Por qué no puedo olvidarte? ¿Por qué continúas? ¿Por qué te mantienes tan real? ¿Por qué no te alejas? ¿Por qué no me retiro? ¿Por qué la distancia no es suficiente? ¿Por qué aún sigues aquí? ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué estás aquí?



